Arquitectura de emergencia

Unas semanas antes de la expansión de la pandemia, empecé a leer el libro X Ray Architecture de Beatriz Colomina, una lectura muy recomendable y oportuna para estos tiempos de confinamiento. En él, Colomina explora cómo al inicio del siglo XX, la tuberculosis, los avances de la medicina y los rayos X influyeron en la arquitectura moderna tal y como hoy la entendemos. Los arquitectos tuvieron que reaccionar a la coyuntura del momento, centrándose en mejorar aspectos como la higiene, la calidad del aire o la iluminación. Desde el diseño de mobiliario o de viviendas, hasta la construcción de sanatorios y hospitales, los nuevos proyectos tenían que hacer frente a la mayor enfermedad hasta entonces conocida. 

Nacía así un nuevo paradigma, el espacio arquitectónico pasó a ser limpio, impoluto y libre de gérmenes. Un espacio estéril casi futurista, que se desarrollaba paralelamente a los grandes avances de la medicina y las tecnologías de la imagen. Así como los rayos X mostraban la transparencia de un cuerpo físico aparentemente opaco y desvelaban su interior, la nueva arquitectura exponía las entrañas del edificio rompiendo el límite entre interior y exterior. La fachada ya no era la única imagen que transmitía el edificio, era una membrana etérea y los espacios interiores se convertían en protagonistas de la escena. A través de grandes superficies acristaladas y sistemas estructurales que permitían mayores espacios diáfanos y abiertos, se desnudaba todo un mundo interior que hasta entonces había estado oculto. El espacio privado del cuerpo y la casa quedaban expuestos. 

La ciudad y la arquitectura siempre se han visto afectadas por las enfermedades. Las distintas epidemias del siglo XIX, como el cólera, la peste o la tuberculosis, dieron lugar a cambios radicales en las principales ciudades europeas. Debido al hacinamiento de la población, la falta de higiene y unas infraestructuras deficientes el espacio urbano era el escenario perfecto para la expansión de epidemias devastadoras. El plan Haussmann en París o el Cerdá en Barcelona son ejemplos de cómo los nuevos estándares de salubridad e higiene impusieron las directrices para los planes urbanísticos. La expansión de la ciudad, la creación de grandes avenidas, bulevares y jardines para favorecer la ventilación, el soleamiento y una buena higiene urbana eran el mejor antídoto contra las enfermedades. 

Ahora atravesamos una crisis de la misma magnitud que podrá cambiar, de una forma más profunda, nuestra forma de vivir en el planeta y de relacionarnos con él. Una crisis que no solo se define por la propagación de un virus y de una enfermedad, sino también por una crisis ecológica y ambiental. 

¿Cuáles serán las consecuencias de esta pandemia y del cambio climático en nuestras vidas, en nuestra sociedad? ¿Cómo influirá la crisis actual sobre las ciudades y su arquitectura? 

Recientemente encontré estas fotos:

Shigeru Ban

Shigeru Ban, Fukushima. 2011. Foto: VOLUNTARY ARCHITECTS' NETWORK

IFEMA, Madrid_2020

IFEMA, Madrid. 2020. Foto: Reuters.

Las Vegas, Nevada_2020

Las Vegas, Nevada. 2020. Foto: GETTY IMAGES

Aunque todas ellas puedan hacernos pensar en un escenario similar, cada una representa una respuesta a una catástrofe particular. La primera del arquitecto Shigeru Ban representa una respuesta a una catástrofe ambiental, el accidente nuclear de Fukushima; la segunda, la instalación del hospital temporal en el pabellón de IFEMA, a una catástrofe sanitaria; y la tercera, el “confinamiento” al aire libre de personas sin techo en las Vegas, a una catástrofe económica y social. Todas remiten a una situación límite, crítica, una reacción improvisada frente a una catástrofe anunciada que no dista mucho de las imágenes del hacinamiento en los hospitales de campaña durante la pandemia de gripe de 1918.

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Hospital improvisado en Camp Funston, Kansas, en 1918. Foto: Wikimedia Commons

De alguna forma todas tienen que ver con nuestro impacto en el medio ambiente y nuestra respuesta como comunidad y como individuos. Ya sea por la propagación de nuevas enfermedades o por el endurecimiento de la crisis climática (una consecuencia de la otra)  en el futuro nos enfrentaremos a diversos problemas que cambiarán nuestra forma de habitar nuestro entorno. Confinamiento, distancia física, aislamiento, radicalización de las temperaturas o contaminación del aire, serán algunas de las realidades con las que tendremos que lidiar de ahora en adelante.

En los últimos años se han ido introduciendo medidas que van encaminadas a paliar el efecto del cambio climático y reducir el impacto del espacio construido sobre el medio ambiente. Por ejemplo, mediante el análisis del ciclo de vida (LCA en sus siglas en inglés), para conocer el impacto ambiental de un material o un proceso, o a través de certificados de eficiencia energética, se implementan a nivel normativo directrices que van orientadas principalmente al ahorro energético y la reducción de emisiones de CO2. Algunos de los aspectos que se tratan son:

  • Aislamiento térmico. Es una de las medidas básicas para conseguir que las viviendas sean eficientes energéticamente. Para alcanzar el confort y mantener una temperatura interior estable necesitamos aislarnos del entorno y reducir el intercambio de radiación térmica. 
  • Ventilación. Además de la climatización, las viviendas se diseñan con sistemas de ventilación artificial con dispositivos para mantener la calidad del aire interior, que controlan la entrada de aire exterior y aseguran una proporción óptima de CO2 y oxígeno.
  • Control del soleamiento. Regular la incidencia de la radiación solar es clave para controlar las ganancias energéticas de un edificio.
  • Abastecimiento y reducción del consumo energético. El ahorro energético y el uso de fuentes de energía renovables son dos de los objetivos más importantes de la normativa actual.

El paralelismo entre las medidas que promueven la sostenibilidad en la construcción y la lucha para el control del COVID-19 sobre las personas se hace más que evidente. Nos debemos aislar y reducir el contacto social mediante el confinamiento para evitar la transmisión, igual que las viviendas se aíslan del aire exterior agresivo y contaminante. Los respiradores asisten a los enfermos para asegurar el flujo de oxígeno a los pulmones de la misma manera que los sistemas de ventilación regulan la calidad del aire interior. El control del soleamiento y la captación de vitamina D, son cruciales para activar las defensas de nuestro organismo y del sistema inmune. Parece lógico pensar que, en el futuro, las medidas que se tomen para paliar ambas afecciones tendrán que ir de la mano.

Aunque todavía es pronto para saber cómo influirá exactamente la pandemia del COVID-19 en la arquitectura y el urbanismo, ya se van viendo las primeras propuestas y transformaciones en este sentido, como por ejemplo parques (1), espacios públicos (2) o mercados (3) diseñados para mantener la distancia física, marcas en el suelo o mamparas en los comercios como dispositivos de protección frente al contagio, cápsulas presurizadas (4) para unidades de cuidados, etc. Pero quizás el elemento más importante y una de las preocupaciones principales de los arquitectos está, evidentemente, centrada en el tema de la vivienda. Como hemos experimentado durante el confinamiento, el hogar se ha convertido en el espacio central de nuestras vidas y el elemento aglutinador de nuestras actividades, pero también se han puesto de manifiesto sus grandes carencias: la necesidad de mayor superficie y nuevos usos dentro de la vivienda, flexibilidad de los espacios, adaptación para el teletrabajo o la importancia de las terrazas, son algunos de los aspectos que tendrán que adaptarse a las nuevas dinámicas. El problema es que solo un sector de la población tiene acceso a viviendas que puedan integrar estos cambios. Estas “nuevas” necesidades y su implementación solo están al alcance de un pequeño y privilegiado grupo de personas. La mayoría de las personas de nuestra sociedad no tiene acceso a este mercado y se enfrentan a otras dificultades y a realidades muy distintas, donde una habitación extra, una terraza, o un espacio de aislamiento es un lujo que no se pueden permitir.

Independientemente de nuestra situación económica, vemos cómo la vivienda juega cada vez un rol más importante en la gestión de nuestras vidas. Como dice Paul B. Preciado, “ya no se trata solo de que la casa sea el lugar de encierro del cuerpo, como era el caso en la gestión de la peste. El domicilio personal se ha convertido ahora en el centro de la economía del teleconsumo y de la teleproducción” (5). La digitalización de nuestras vidas, la economía Amazon y Netflix, convierten nuestras casas en los centros de consumo, de socialización y de trabajo. 

Los niños japoneses aislados en su habitación, los Hikikomori, con el espacio virtual como único contacto con el espacio real exterior, son una de las caras que nos presenta esta digitalización. Casos extremos pero representativos que nos hablan de la relación de los jóvenes con la comunidad a través de las redes sociales. El miedo al rechazo y al fracaso social, afecta a la autoestima y la confianza de los usuarios y hace cada vez más difícil enfrentarse al espacio físico real. Paradójicamente, estos niños serían quizás los mejor preparados para una epidemia, ya que para ellos el aislamiento es una forma de vida. Como comenta Žižek “tal vez solo la realidad virtual se considere segura, y moverse libremente en un espacio abierto estará restringido a las islas propiedad de los ultra ricos” (6).

Nakagin Capsule Tower_Kisho Kurokawa

Nakagin Capsule Tower, Kisho Kurokawa. Divisare Foto: FALA

En sus visiones futuristas, el imaginario japonés nos ha regalado estampas de su idea del desarrollo de las ciudades. La Torre de cápsulas habitacionales Nakagin del arquitecto Kisho Kurokawa, representante del movimiento metabolista japonés, o el universo Manga, nos dan algunas ideas de este concepto de urbe, en el que el espacio construido es una gran colmena de micro-unidades habitacionales, como píxeles anónimos estandarizados. Esta idea de cápsula mínima, aunque formalmente ya desfasada y alejada de nuestra idea de futuro, representa una forma de habitar las ciudades donde el individuo es la unidad de medida. Cada píxel, una persona, una partícula que hay que repartir por el territorio y controlar. Opuesto a cualquier idea de comunidad, las unidades aisladas son la forma más efectiva de control de la ciudad, microcárceles seriadas conectadas en red. Eso sí, muy eficientes y de bajo consumo.

Ante este escenario, con una crisis ecológica y la amenaza de futuras pandemias y nuevas enfermedades, ¿cómo evolucionará la arquitectura y el urbanismo? Así como frente a la tuberculosis se respondió con un nuevo paradigma en la arquitectura, donde los espacios habitacionales, las residencias, los hospitales, los hoteles, etc. se convertían en espacios higiénicos desinfectados y esterilizados, ¿se convertirán nuestras casas en espacios hospitalarios? Con el uso de una App podremos tener diagnósticos a distancia para así evitar el contacto con los sanitarios. Las casas se convertirán en el único espacio seguro, grandes respiradores que nos aislarán del mundo exterior contaminado, ya sea por un virus o por la polución del aire. El espacio y la realidad virtual seguirán ganando aún más protagonismo en nuestras vidas. No necesitaremos salir para comprar, un dron de Amazon nos entregará nuestros pedidos por la ventana sin necesidad de movernos del sofá. 

Quizás ahora sí, frente a esta visión tan espeluznante del posible devenir de nuestra sociedad, es el momento más importante y trascendental para reivindicar lo que los movimientos sociales y tantos colectivos llevan años señalando directa o indirectamente, y es el sentido de comunidad. El momento para luchar por el espacio colectivo y no el individual, para trabajar en que las iniciativas sociales y solidarias adquieran una dimensión global e impregnen todo el tejido social. Para crear comunidades sostenibles y no viviendas sostenibles.  El momento de utilizar las redes para potenciar el espacio real, el contacto físico y las relaciones entre las personas. Para crear comunidades resilientes y no individuos inmunes.

Referencias
1- Estudio Precht. Diseño de parque para el distanciamiento social al aire libre. Dezeen 16 de Abril 2020. https://www.dezeen.com/2020/04/16/studio-precht-parc-de-la-distance-social-distancing-coronavirus/
2- HUA HUA Architects. The Gastro Safe Zone: una propuesta de espacio público que considera las medidas de distancia social. Archdaily 30 de Abril 2020.
https://www.archdaily.com/938599/the-gastro-safe-zone-a-public-space-proposal-respecting-social-distancing-measures?utm_medium=email&utm_source=ArchDaily%20List&kth=2,698,205
3- Shift Architecture. Diseño de mercado de alimentos con distanciamiento social. Dezeen 3 de Abril 2020.
https://www.dezeen.com/2020/04/03/shift-architecture-urbanism-designs-social-distancing-into-the-food-market/
4- Plastique Fantastique. MOBILE PPS (Personal Protective Space) for Doctors.
https://plastique-fantastique.de/Mobile-PPS-for-Doctors
5- Paul B. Preciado. “Aprendiendo del virus”. El País. 28 de Marzo, 2020. 
6- Slavoj Žižek. “Coronavirus es un golpe al capitalismo al estilo de ‘Kill Bill’ y podría conducir a la reinvención del comunismo”. Russia Today. 27 de Febrero, 2020.


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